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Hay una pregunta que vengo haciendo hace años y que nunca me había sentado a escribir.

Durante bastante tiempo tampoco me la hacía. En un proyecto que se partió en microservicios sin necesitarlo yo no era el que decidía, pero dije que sí con todas las ganas, que para el caso es lo mismo. En los diez meses que estudié Go, Rust y TypeScript al mismo tiempo tampoco me la hice, y ahí el que decidía era yo.

Es siempre la misma:

¿Esta decisión la estás tomando vos, o la está tomando algo que no sos vos?

Eso que no sos vos puede ser la ansiedad, la presión del directorio, un proveedor que cobra más cuanto más grande sea lo que te vende, un consultor que te trae la misma receta que le dejó al cliente anterior, la última nota que leíste, una conversación que se llevó tu agenda, o un vos más joven que decidió por miedo y todavía lo estás pagando. Casi nunca se te presenta como presión, se te presenta como sentido común, y por eso cuesta tanto verlo mientras está pasando.

Le vengo diciendo El Criterio del Oficio, más que nada porque para escribirlo hay que llamarlo de alguna forma.

Lo que hace y lo que no

El método no te dice qué decidir, te devuelve la decisión. Que es menos vistoso de lo que suena, y bastante más incómodo, porque después no queda a quién echarle la culpa.

Sirve antes de cualquier decisión técnica que parezca obvia, urgente o evidente. Sobre todo si parece evidente. Adoptar una tecnología o una arquitectura, aprender un lenguaje, cambiar de stack, aceptar o soltar un cliente, comprar o escalar IA, que es donde hoy están dando vueltas un montón de pymes. Cualquier cosa donde la presión de afuera pese más que tu propia lectura del asunto.

No sirve para todo, y me importa aclararlo, porque los métodos tienen la costumbre de estirarse hasta que dejan de significar nada. Si la decisión es barata y reversible, si podés probar y volver atrás en una tarde, probá. Sacar seis filtros para eso es sobreingeniería del pensamiento. Tampoco sirve cuando no hay presión: si ya sabés lo que querés hacer y nadie te está empujando, hacelo. El método aparece cuando hay algo empujando. Sin empuje no hay nada que filtrar.

Tampoco es uno de esos métodos de decisión racional. Los racionales dan por sentado que decidís en frío, con la información sobre la mesa y el pulso tranquilo. Yo no sé decidir así, y no conozco tanta gente que sí. Las decisiones técnicas que vi romperse en organizaciones grandes casi nunca se rompieron por un error de cálculo. Se rompieron antes, cuando alguien decidió apurado y después fue a buscar los números que le dieran la razón.

Los seis filtros

Son seis preguntas. No hay puntaje, no hay matriz, no hay un número al final que te diga si pasa o no pasa. Lo que hay es una sospecha que crece o se calma a medida que avanzás, y si en alguno la sospecha se dispara, eso ya es el dato. No hace falta llegar hasta el final para saber.

Pausa. ¿Estás decidiendo con calma o bajo presión? Si esto se pospone 48 horas, ¿qué se rompe realmente?

Motivación. ¿Es curiosidad genuina, o es el miedo a quedar obsoleto con máscara de deseo de mejora? Cuando la respuesta arranca con “porque hay que” o “porque todos”, la decisión ya la está tomando otro.

Problema real. ¿Qué resuelve esto, concretamente? ¿Es un problema que tenés hoy o uno que te contaron? ¿Por qué no alcanza con lo que ya está andando? Hay procesos que se resuelven con un batch de los de siempre y terminan con IA adentro igual.

Contexto. La escala, el equipo, la plata y el momento del caso de éxito que te trajeron, ¿se parecen en algo a los tuyos? Este es el filtro donde se caen más decisiones que en todos los otros juntos, y el que más cuesta aplicar, porque implica admitir que no sos la empresa que te gustaría ser.

Sostenibilidad. ¿Podés vivir dentro de seis meses con la complejidad que estás agregando hoy? Con los microservicios de más arriba no hicieron falta seis, con dos alcanzó.

Decisión honesta. Implementar, esperar o rechazar. Las tres son salidas, no dos salidas y un fracaso.

Leídas así, de corrido, las seis parecen fáciles, y ahí está la trampa. Leer “¿es curiosidad o miedo?” un domingo a la tarde no se parece en nada a hacerte esa misma pregunta un martes, en una reunión, con alguien esperando que contestes y con la sensación de que si dudás quedás de lento. Las preguntas son simples, el momento en que hacen falta no lo es nunca, y ahí es donde a mí se me cayeron casi todas.

Por qué otro método más

Métodos de decisión hay de sobra y varios son muy buenos, así que la pregunta es válida.

Lo que más lo diferencia es que te deja no decidir. Casi ninguno te da permiso para eso, porque casi todos arrancan del supuesto de que moverse es bueno y quedarse quieto es cobardía, y ese supuesto no lo discute nadie. Trabajé veinte años en organizaciones donde quedarse quieto a tiempo te salvaba la carrera y donde el que empujaba por empujar dejaba un desastre que después limpiaba otro. Puede ser deformación profesional mía, no lo descarto. De todas formas, lo sostengo, y es la parte que más defiendo.

Después está el orden. Arranca por lo emocional en vez de terminar ahí. “Pausá” y “¿es curiosidad o miedo?” son los dos primeros filtros, no un anexo al final del documento de esos que nadie lee.

Lo tercero es más chico pero rinde mucho, y es la frase del contexto. Tu problema no es el de Netflix. Te resume el filtro entero en algo que podés decir en voz alta en una reunión sin quedar como un pesado.

Cómo se usa

Sin ceremonia. Solo, en cinco minutos antes de una reunión, pasando las seis preguntas mentalmente para ver en cuál se te acelera el pulso. Si la decisión es grande o irreversible conviene escribirlo, media hora, las seis respuestas en una hoja, con una fecha anotada arriba para volver a leerla. Cuál fecha depende de la decisión, pero que caiga mientras todavía se pueda corregir algo. Más adelante también podés releerlo, aunque a esa altura ya aprendés de lo que pasó y poco más.

La forma que más rinde es la tercera, que es también la más incómoda porque necesitás a alguien enfrente. Un mentoreado, un socio, un cliente. Uno pregunta y el otro contesta en voz alta. Lo que uno se dice adentro de la cabeza pasa cualquier control de calidad, no hay contra qué chequearlo. Dicho en voz alta, con otra persona mirándote, se cae bastante más rápido. Ni siquiera hace falta que el que escucha sepa del tema. A veces es mejor que no sepa, porque no te deja escaparte por el lado técnico.

Esto no te garantiza que la decisión salga bien, para que quede claro. Lo que te garantiza es que sea tuya, y una decisión propia la podés corregir a mitad de camino, porque sabés por qué la tomaste. Las que tomó otro por vos no se corrigen, se aguantan.

Si tenés algo dando vueltas que te apura más de lo que te convence, pasalo por los seis. Después contame cuál te frenó. Tengo curiosidad de si a todos nos frena el mismo.

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