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Diez meses aprendiendo Go y Rust al mismo tiempo, sin trabajo y sin que nadie me lo hubiera pedido. No había una fecha de entrega en ningún lado y aun así, me levantaba apurado todos los días temprano a hacer tutoriales.

La urgencia que te trae otro se ve venir, por ahí estás en una reunión y alguien con poder de decisión te dice que lo necesita para el jueves. Podés discutir la fecha o simplemente aceptar el apuro, pero por lo menos sabés de dónde salió. La que te generás vos no funciona así, no entra por ninguna puerta, porque ya está adentro cuando te levantás, y como no tiene dueño no hay con quién discutirla.

La pregunta de las 48 horas

El primero de los seis filtros del método se llama Pausa y se contesta con una sola pregunta: si esto se pospone 48 horas, ¿qué se rompe realmente?

Funciona bastante bien cuando del otro lado hay alguien, porque le corrés dos días a la fecha, mirás qué se cae, y la mayoría de las veces no se cae nada, porque la fecha era el redondeo de alguien que tenía el apuro y te lo estaba trasladando.

Con la urgencia propia se cae solo, ahí la respuesta es obvia y es “nada”. No se rompía nada si yo no estudiaba Rust ese día, no se rompía nada si no lo estudiaba en todo el mes, es más, no se rompía nada si no estudiaba Rust. Lo más lindo es que eso lo sabía perfectamente, pero lo estudiaba igual.

Ahora te propongo una variante de la pregunta. En vez de “qué se rompe”, preguntate si te aguantás seguir así diez meses más.

Los diez meses

La rutina era día a día la misma: a la mañana buscar trabajo, y después de almorzar, estudiar hasta cualquier hora. Go y Rust de cero, TypeScript para profundizar, y Next.js anotado en la lista porque lo decía “el mercado”. Los dos lenguajes nuevos casi en paralelo, no uno y después el otro, que hubiera sido lo razonable; saltando de uno al otro, con la sensación permanente de estar atrasado en todo.

Si me preguntabas por qué, tenía una respuesta convincente, y me la daba a mí mismo todos los días: se veían muchas más ofertas de JavaScript que de Java, que era mi lenguaje principal, así que no me podía quedar atrás.

Esa frase tiene todo lo que hay que mirar. Es cierta, es verificable, y no explica nada de lo que yo estaba haciendo. Si el problema eran las ofertas de JavaScript, la respuesta estaba en TypeScript, que era justamente lo único de la lista que ya sabía. Rust no tenía nada que ver con eso y Go muchísimo menos.

El argumento no era la razón de lo que hacía, era, digamos, la excusa, y servía para justificar cualquier cosa, que es exactamente lo que tendría que haberme llamado la atención. ¿Por qué me justificaba cualquier cosa?

Algo quedó, para ser justo, aunque bastante menos de lo que suena: me sirvió para no oxidarme y poco más. Go no lo volví a tocar. Lo grave no está en qué aprendí o no, sino en cómo quedó mi cabeza, desordenada y sin poder explicarle a nadie qué sabía hacer, que para alguien que está buscando trabajo es bastante peor que no haber estudiado nada.

Por qué querés hacer esto

El segundo filtro es esa pregunta, simple, pero te abre muchas perspectivas. Suena a manual de autoayuda, pero probá a hacértela a ver con qué te encontrás.

Lo que la vuelve útil está en cómo armás la respuesta a esa pregunta. Cuando la frase empieza con “porque hay que”, con “porque todos”, o con “porque no me puedo quedar atrás”, el patrón es casi evidente, ya no lo estás decidiendo, estás obedeciendo un algo externo. En mi caso las tres arrancaban así, bien disfrazadas de lectura de mercado.

La curiosidad genuina se siente de otra manera, y me llevó años aprender a reconocerla porque no tiene nada de grandilocuente, no tiene una banda de sonido de Hans Zimmer. Es simple, y ahí está la belleza, en lo simple. Te dan ganas de contarle a alguien lo que encontraste, aunque a la otra persona no le interese, te quedás un rato de más porque querés ver qué pasa si le cambiás una cosa. Podés explicar por qué te interesa sin ponerte a la defensiva. Parás a comer sin sentir que te quedás afuera, pero eso sí, puede que no pares a comer del entusiasmo que llevás.

El miedo, en cambio, no tiene nada de eso. El miedo es una cinta que corre y vos arriba. La velocidad la pusiste vos, ni se te ocurre bajarla, y de fondo la sensación de que nunca alcanza, de que estudiaste todo el día y a la noche te parece que tendrías que haber hecho más. Se nota menos en lo que hacés que en cómo te deja, y por eso es tan fácil confundirlo con ganas.

Los dos filtros se leen mejor juntos porque fallan juntos. Sin calma no hay manera de mirar de frente la motivación: cuando estás corriendo, alocado, cualquier respuesta que te dé permiso para seguir corriendo te va a parecer razonable, porque es la realidad que aceptaste y sentís que es la correcta.

Si estás en algo parecido ahora mismo, no te voy a decir que pares. ¿Sabés por qué? Porque a mí que me dijeran que parara no me servía de nada, y encima me daba bronca, “vos qué sabés” pensaba…

Lo que sí te puede servir es preguntarte quién puso la fecha, de dónde sale ese límite. Si buscás y no aparece nadie, la pusiste vos. Las tuyas las podés mover, es lo único bueno de que sean tuyas.

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